Por Noelia Leiva
Puede ser el 1 de enero, el 5 de septiembre o el 10 de febrero. Depende de la cultura a la que se pertenezca, cada nuevo ciclo comienza en un día particular. Y si hay que festejar o repasar las acciones personales. Abundancia, salud y paz parecen ser, no obstante, deseos comunes.
Puede ser el 1 de enero, el 5 de septiembre o el 10 de febrero. Depende de la cultura a la que se pertenezca, cada nuevo ciclo comienza en un día particular. Y si hay que festejar o repasar las acciones personales. Abundancia, salud y paz parecen ser, no obstante, deseos comunes.
Si una persona nació hace al menos cuatro
siglos en occidente, es probable que haya festejado el 1 de enero el comienzo
del 2013. Pero si pertenece a la cultura china, tendrá que esperar hasta el 10
de febrero el cambio de ciclo, casi tanto como si es parte de la comunidad
guaraní, del ahora norte argentino. Si es judía, todavía más: recién el 5 de
septiembre recibirá al 5774 de su calendario. Entonces, ¿el año empezó
realmente? Como toda práctica humana, esa acepción es producto de la cultura y
de las creencias, sostenida en sus orígenes por las necesidades humanas más
básicas.
En un principio fue el comportamiento del
sol o de la luna lo que llevó a los pueblos a organizar el tiempo, que
inexorablemente pasaba y producía cambios. Pero observaban que había períodos
naturales que se repetían, como la época en la que podían obtener frutos de las
plantas o debían protegerse del frío o el calor. Hace 4000 años, los babilonios
establecieron un sentido a esa ‘repetición’ y decidieron festejar durante once
días cada vez que la primavera regresaba a sus jardines colgantes. Ese es, se
estima, el primer indicio de celebración de un comienzo del año.

Pero antes de que los festejos comenzaran
cada 31 de diciembre por la noche, las comunidades indígenas basaban su cronograma
en el comportamiento de la tierra que trabajaban. Mientras los pueblos andinos
como el aymara lo ubican alrededor del 21 de junio, los guaraníes de Chaco,
Salta, Entre Ríos y alrededores esperaban en febrero la fiesta de la “Gran
Cosecha” o “Arete Guazú”, en su lengua. En coincidencia con el carnaval,
nutrido del sincretismo, esa celebración se basa en el fin del período de
recolección de los frutos de la tierra y, por lo tanto, el agradecimiento y el
pedido para que la nueva etapa sea productiva.
Para otra cultura antigua como la judía,
el arribo del año 5774 ocurrirá el próximo 5 de septiembre. El Rosh Hashaná o
“cabeza de año” corresponde al primer y el segundo día de “tishrei” -séptimo
mes del calendario hebreo- en coincidencia con el nacimiento del primer hombre,
Adán; y cambia ciclo a ciclo de acuerdo al comportamiento solar pero nunca va
más allá de octubre. El día comienza con el sonido tradicional del “shofár”, un
instrumento hecho con un cuerno de carnero, y depara diez días de reflexión y arrepentimiento
hasta el Día del Perdón o “Yom Kipur”.

Más
allá de la sidra y el pan dulce
Cuándo comienza un año nuevo en la vida
de una persona cambia según la cultura a la que pertenece, pero también cómo
festejarlo. Si es que se festeja. Mientras para las familias judías comienza el
tiempo para arrepentirse de las malas acciones, para la cultura católica (más
con lo atravesada por el mercado que la encuentra el siglo XXI) es época de
jolgorio. Para los pueblos originarios, es tiempo de agradecimiento a la
Pachamama por los bienes recibidos y de pedido de un nuevo período de
abundancia.
Por ejemplo, durante los seis días del
Arete Guazú, la tradición mezcla alegría e introspección. “Se hace un homenaje
a la madre naturaleza guiado por los ancianos, donde ofrecemos la bebida y la
comida. También se hacen representaciones particulares, como la lucha entre el
toro, que simboliza el colonialismo; y el tigre, que es la resistencia de
nuestro pueblo”, le explicó a LA TERCERA Mario Valdez,
integrante de la comunidad tupi-guaraní de Glew, Almirante Brown. El rito
también incluye encuentros de nuevas parejas, porque las mujeres informan su
estado civil a través de la inclinación de sus vinchas, ya que deberá variar si
son solteras, casadas o viudas.
La música tradicional (Pim) no puede
cesar, por eso se turna los intérpretes de distintas comunidades. Se bebe chica
y se elaboran platos a base de choclo, mandioca y poroto. Cuando se llega al
fin, el volumen de los instrumentos descienden y se ofrece al río un muñeco que
simboliza lo malo del año que se fue, que debe ser alejado para que arribe lo
bueno.
Una tradición similar que incluye quemar
una maqueta con forma humana también se realiza en Occidente cada 31 de
diciembre, con el mismo fin. Algunas familias le suman a la costumbre de
brindar y cortar el pan dulce (traída del invierno europeo) doce uvas o pasas
que deberán comer como símbolo de buenos augurios para cada mes del nuevo
ciclo. En China, los deseos se suelen escribir con buena caligrafía para que
acompañen las casas en nombre de la felicidad y la abundancia, lo que es
conocido como “coplas de primavera”.
Paz, amor, unión, dinero, salud: las
formas y los tiempos para evocarlos son diferentes en cada rincón del mundo,
pero la necesidad humana de alcanzarlos parece vencer cualquier barrera
cultural.
Publicado en Diario La Tercera