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28 de mayo de 2014

“No quería ser madre”: historias sobre el aborto


Por Noelia Leiva.
Para la ley argentina decidir sobre el propio cuerpo no es un derecho sino un delito, cómplice de la clandestinidad. Por eso, miles de mujeres interrumpen sus embarazos en escenarios riesgosos. Otras tantas mueren. Aquí, algunos testimonios sobre esa lucha.


Hace cinco semanas que Florencia está embarazada, le dijo una médica que acaba de conocer. No quiere ser madre: ya no es adolescente pero sí lo bastante joven como para terminar su carrera y buscar trabajo sin un hijo o hija que cuidar. Todavía no siente esa presencia en su vientre ni quiere hacerlo: es su cuerpo y decide ‘decidir’. Como ella, miles de jóvenes y adultas transitan el derrotero clandestino para la interrupción de la gestación que, criminalizada, a veces genera culpa y la necesidad de callar. Las mujeres se convierten en presas políticas del Estado heteropatriarcal y la opresora Iglesia. A días de la nueva presentación en el Congreso del proyecto de ley de aborto legal, seguro y gratuito, las historias claman que la discusión se agilice para que no haya ni una muerta más.

Los relatos sobre el aborto en la clandestinidad son tan distintos como mujeres existen en el mundo pero su pertenencia al campo de lo sancionado genera experiencias comunes. “Me sentía mal pero no quería ser mamá. No se lo dije a nadie. Mi novio fue el único que me acompañó. Él se encargó de averiguar dónde vendían las pastillas (el misoprostol) y comprarlas, pero es injusto tener que sentirse así por decidir no seguir adelante con un embarazo que no quería”, relató a Marcha Florencia, estudiante universitaria de 22 años que vive en Lomas de Zamora y que, aunque no se llama así en la vida real, sí es bien cierto su registro de cuando un derecho es señalado como crimen.

Entender que hay que preservar la acción al ámbito de lo más privado suele ser una constante, aunque a veces el tiempo permite “elaborar el duelo”, señaló Andrea (27), empleada de un estudio de abogados de Monte Grande, en el distrito bonaerense de Esteban Echeverría. “Yo no sabía qué hacer porque me embaracé después de tener relaciones sexuales con un hombre al que estaba conociendo y sabía que mi familia iba a acusarme por acostarme con quien yo quería en el momento que quisiese”, relató, sobre la historia que había vivido tres años antes. En un reconocido centro sanitario privado de su localidad le habían ofrecido practicarle el aborto por 5 mil pesos, que ella estaba dispuesta a pagar, hasta que investigó en internet y se contactó con militantes feministas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires que le contaron cómo abortar con píldora.

“Ahora me parece que hay más información, incluso hay libros online que te cuentan qué te pasa si tomás la pastilla (por el material digital que elaboró la línea Más Información, Menos Riesgos), pero cuando a mí me pasó tuve que esperar un mes para conseguirlas”, describió. Vinieron dolores similares a los menstruales y una sensación de cansancio generalizada, propios de cómo el químico actúa en el organismo. “Me sentía mal pero no podía creer que mi karma se había terminado”, señaló. Después vino la ayuda de una terapeuta para poner en palabras esa experiencia, lo que también le permitió compartir con otras mujeres: “Es nuestro derecho, no puede ser que seamos asesinas por decidir si embarazarnos o no ¿Nadie piensa que nos podemos morir o quedar mal por vivir esto como si fuéramos criminales? Porque te hacen sentir así”, enfatizó la estudiante de Derecho, que prefirió preservar su apellido.

Decidir expulsar el feto en formación es un entramado difícil de recorrer por el contenido condenatorio que le aporta la cultura occidental y cristiana. La figura de la madre conciliadora y amante de sus hijos o hijas que las iglesias se encargan de defender todavía pesa. Defender la vida se vuelve sinónimo de plantar bandera a favor de una tradición que es aliada al mercado negro de la muerte, aquel que las que tienen dinero pueden atravesar con menos secuelas pero que las pobres siquiera alcanzan porque no tienen con qué. Parteras ubicadas en consultorios ilegales nada asépticos, agujas de tejer y tallos de perejil hacen al folklore de los abortos menos comentados. Que, a su vez, constituyen la primera causa de muerte materna, aunque, en tanto acción penada, no existen estadísticas oficiales en Argentina sobre ese avasallamiento.

No sólo hay ‘rosarios’ sobre los ovarios sino la presión económica que opera en los despachos políticos. Pese a que esta semana se presentó nuevamente el proyecto de interrupción voluntaria del embarazo que defienden 300 organizaciones y militantes autoncovocadas de la Campaña Nacional por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito, el jefe de Gabinete Jorge Capitanich volvió a enfatizar en conferencia de prensa que “el Ejecutivo nacional no impulsa ni promueve” la iniciativa. La lucha promete ser ardua para que las más de 60 firmas del documento tengan el valor suficiente para lograr votos positivos.

Hacerlo público

El tiempo y la resignificación de lo sucedido permiten, a veces, que una vivencia difícil se vuelva lucha. Para Carolina Reynoso, realizadora de la película “Yo aborto. Tú abortas. Todxs callamos” que reúne testimonios disímiles de mujeres que tomaron esa decisión, contar con imágenes le permitió saldar la deuda interna de denunciar la complicidad. Hace poco más de una década fue ella la que estuvo en el lugar de quienes fueron sus entrevistadas en el film.

“La pasé muy mal porque los médicos no me querían contar qué podía sucederme. Tenía miedo de morirme o de quedar estéril. También sentía culpa por la mirada del otro”, describió. Al recorrer el país para conversar con pares se dio cuenta de que “había necesidad de hablar”, también en ella, que pudo pensar esa acción que había ocultado hasta entonces como “la primera decisión totalmente autónoma” de su vida, sintetizó.

Su recorrido simbólico abarca el sentido que tiene la maternidad en una sociedad en la que “se juzga mucho a una mujer que no quiere ser madre porque se pregunta qué otra cosa puede querer hacer que sea más importante”, denunció. Otro argumento que pretende conmover es el del ‘amor’ a las nuevas vidas, pero ¿qué hay, nueve meses y parto mediante, de esas personas cuyas familias no están preparadas para acompañaras en su desarrollo?

“Nadie merece ser un hijo no deseado, nadie merece ser madre sin quererlo”, enfatizó la actriz Marina Glezer, que eligió contar que la primera vez que se embarazó, a los 18 años, interrumpió la gestación. Entonces, en 1999, pagó 800 pesos en una clínica de Barrio Norte para abortar sin secuelas. Con el mismo compañero de ese momento decidió, más tarde, que sí era tiempo de procrear y entonces llegaron sus dos hijos.

“Después de pasar seis meses de infierno, hasta que dejó de ser clandestino y elaboré el duelo, sentí como causa propia la injusticia de no tener derecho a elegir. Yo no pude decidir con libertad y sentirme contenida pero la mujer que no tiene recursos puede perder la vida, es grave”, cuestionó. Vivir o morir por ‘políticas públicas’ que en realidad privatizan y reservan el derecho a quienes pueden pagar en la clandestinidad es el acto cruel de la democracia, la deuda de la ‘década ganada’. Ya son demasiadas muertes ¿cuántas más necesitarán para reconocer que parir o no parir es un derecho personalísimo?

Publicada en Marcha Noticias: http://marcha.org.ar/index.php/nacionales/92-generos/5040-no-queria-ser-madre-historias-sobre-el-aborto

20 de diciembre de 2013

"La actitud del Ministerio de Salud es contraria a derecho"


Por Noelia Leiva. Lo consideró Perla Prigoshin, presidenta de la comisión que elabora sanciones hacia la violencia de género. Se refiere a la cartera porteña que determina que los médicos deben denunciar si sospecha que una paciente se practicó un aborto. No tratar la interrupción del embarazo en el Congreso es un caso de maltrato "institucional".


Un fallo de la Corte Suprema de 2010 deja en claro que los derechos personalísimos, que hacen a la dignidad e intimidad, deben protegerse incluso si por ello no se denuncia un delito. En contra de ese paradigma y del secreto profesional, tres médicas del hospital porteño Juan Fernández maltrataron y denunciaron a una mujer que llevaba un aborto en curso y solicitó asistencia. El caso, por el que hoy el movimiento antipatriarcal realizará un escarche en la institución, deja en evidencia cómo se denuestan a las ciudadanas: la prohibición de que decidan si parir o no y la agresión en los ámbitos dedicados a la atención ginecológica y obstetricia. Para Perla Prigoshin, abogada y presidenta de la Comisión Nacional Coordinadora de Acciones para la Elaboración de Sanciones de la Violencia de Género (Consavig), la actitud manifiesta que "la ideología persecutoria está por encima de los derechos de las mujeres".
En junio, una joven de menos de 30 años ingresó al centro médico para solicitar la ayuda de especialistas. Las médicas Julieta Andrea Wainfeld y Virginia Driedrich le "hicieron comentarios inapropiados, la culparon de lo sucedido y le manifestaron que le indicarían menor dosis de analgésico para que sienta lo que hizo", transmitió un comunicado que emitió la Comisión para repudiar la actitud. Tras el cambio de guardia, la colega Rosana Buffa llamó a la fuerza de seguridad para denunciarla y volver a someterla a la humillación, mientras su salud se ponía en riesgo porque habían pasado "menos de 24 horas" desde la intervención quirúrgica que había atravesado. La justificación fue que la Dirección Legal y Técnica del Ministerio sanitario capitalino determina que los profesionales tienen que notificar a la Policía cuando suponen encontrarse frente a maniobras abortivas.
-¿Existe algún marco legal que ampare esta disposición del Gobierno que conduce Mauricio Macri?
Desde la Consavig entendemos que se trata de una indicación contraria a derecho. Es una barbaridad. Se encuentra, por ejemplo, el fallo de la Corte Suprema de la Nación por el caso Baldivieso (NR: en 2010 determinó, a partir de que un médico denunciara a su paciente por consumo de clorhidrato de cocaína, que "un derecho personalísimo a una esfera de intimidad, en cualquiera de sus fundamentaciones, supera al interés social en la aplicación de una pena"). Con toda claridad se establece después de él que el hecho de que una mujer recurra a un espacio hospitalario demandando ayuda por un aborto no puede ser utilizado como un elemento para denunciar. Con este fallo y la existencia del secreto profesional (cuya violación es un delito tipificado en el Código Penal), lo que indica el Ministerio de Salud es una falta de respeto a lo dispuesto por la Corte y una conducta que muestra a las claras que tiene una ideología persecutoria, por encima de los derechos de las mujeres.
-¿Hay elementos que respalden la actitud de las profesionales en tanto trabajadoras de un sistema con reglas a cumplir?
De ningún modo se puede justificarlas. Vamos a terminar con la obediencia debida de la dictadura. No quiero sonar irrespetuosa con el sufrimiento de quienes atravesaron la tortura y la desaparición pero, si la orden que te dan es ilícita, te podés revelar. No todo da lo mismo. Podemos decir que estaba el empleo en juego, pero qué tal si pensamos que la ética, que tanto se pregona últimamente, está por encima.
-¿Entonces hay elementos para iniciar acciones legales contra esa medida?
Podría hacerse una denuncia ante los tribunales en lo Contencioso Administrativo de la Ciudad para que de algún modo obliguen al Ministerio a retirar esa disposición. De ahí a la sanción hay una larga distancia.
-La paciente atravesó el maltrato por no haber contado con un espacio de salud seguro y público donde practicarse un aborto ¿Cuál es su mirada al respecto?
En una audiencia en la Cámara de Diputados fui invitada y definí que el no tratamiento de la despenalización del aborto, por lo menos, se configura como un hecho de violencia institucional contra las mujeres. Desde lo individual, estoy absolutamente de acuerdo no sólo con lograr que se despenalice sino que se legalice. Es una ocupación del Poder Legislativo que ya debería asumir.
- A partir de su labor en la erradicación de la violencia de género ¿cómo explica que haya sido una mujer la que denuncie a otra y de esta manera vulnere sus derechos?
Las personeras del patriarcado somos las mujeres. En esta dura asignación de roles, somos quienes criamos a los hijos e hijas, le indicamos conductas: "no seas maricón, devolvele la trompada" o le decimos a una nena "dale un vaso de agua a tu hermano ¿no ves que tiene sed?". Se nos inculca el servir. En estos casos no hablamos por nuestra boca, somos habladas por el discurso del dominador. Muchas festejan los chistes machistas que critican a las suegras o compiten con las amigas, porque en el fondo está el cuento de la Cenicienta, en el que se contrapone a la madrastra y las hermanastra, que son las enemigas, y hace falta el beso del príncipe para convertirse en mujer. Son patrones difíciles de erradicar. No me asombra lo que hicieron, pero me duele.
-A partir de la difusión del caso se puso sobre el tapete la violencia obstétrica, que atraviesan muchas mujeres cuando hacen consultas a ginecólogos u obstetras o cuando van a dar a luz ¿Cómo se puede erradicarla?
Trabajamos en una subcomisión sobre esta temática y dimos bastantes pasos. Promovemos acciones preventivas y sancionatorias de dos tipos: capacitaciones a quienes incurrieron en este tipo de violencia para sensibilizarlos y la incorporación del ítem como causal de sumario administrativo. Además, trabajamos en la redacción de una encuesta para conceptualizar lo mejor posible cómo se configura, ya que tiene puntos de contacto con la mala praxis y tortura: si a una mujer le realizan un legrado sin anestesia, no estamos frente a un hecho de violencia nada más sino frente a un acto de tortura.
-¿Cómo se dará a conocer esa encuesta?
La empezamos a hacer circular en charlas con efectores de salud. Después serán interpretadas y las pondremos a disposición de la comunidad. Otra acción es reunirnos y articular con el Instituto Nacional contra la Discriminación, el Racismo y la Xenofobia (Inadi), la Defensoría del Pueblo de la Nación y la Superintendencia de Servicios de Salud para dar curso a unas cartas de denuncia que pusimos a disposición de las mujeres para que puedan dejar una constancia cuando atraviesan estas situaciones de violencia.
-Pero para decirlo ¿hay que desnaturalizar el dolor?
Está claramente naturalizado el dolor y el padecimiento en el momento del parto (o de su interrupción, por los motivos que hasta el momento son no punibles). Desde ya que parir sin violencia no significa hacerlo sin contracciones, pero sí que puede trabajarse y gestionarse en un ámbito amigable y respetuoso. En el caso de que duela tanto que sea intolerable, puede usarse la anestesia indicada por el médico. Nadie tiene que atravesar por lo que no puede.

Publicada en Marcha Noticias http://www.marcha.org.ar/1/index.php/nacionales/92-generos/4665-hospital-fernandez-la-actitud-del-ministerio-de-salud-es-contraria-a-derecho

20 de junio de 2013

“Las mujeres que abortamos no somos criminales”


Por Noelia Leiva

Una entrevista a Carolina Reynoso, la directora de una película que entiende que interrumpir un embarazo cuando se lo decide es defender la “autonomía sobre el propio cuerpo”, un derecho “censurado” por el patriarcado. Reúne historias contadas por sus protagonistas, “sin ocultarse”.




Hace unos diez años, Carolina Reynoso vivió lo que más tarde entendió como “la primera decisión autodeterminada” sobre su cuerpo: decidió interrumpir un embarazo. Aunque los temores eran muchos y la información casi nula, dio el paso que cambiaría el rumbo de su vida. Con los años pudo “resignificar” esa acción en una basada en el ejercicio de sus derechos, negados por el patriarcado, y sintió que debía avanzar un poco más.
La película “Yo aborto. Tú abortas. Todxs callamos” es el resultado de ese camino en el que no sólo pudo darle valor a la libertad de elegir sino que logró que otras mujeres hablaran de experiencias similares “sin tener que taparse la cara”.
Los cien minutos de largometraje comenzaron a prepararse en 2009 con el aval del Instituto Nacional de Cine y Artes Visuales (Incaa). Filmaron en Tigre, Alta Gracia, Buenos Aires, Sierra de la Ventana, Punta Alta y Neuquén, donde encontraron quienes estuvieran dispuestas a correrse del “mito” de la sumisión y la culpa para contar que alguna vez decidieron no parir. Su preestreno en el festival Mujeres en Foco, el 7 de mayo último, fue el comienzo de lo que la directora consideró la “segunda parte” del trabajo, que es “encontrarse con la gente”, como definió. Su objetivo es llegar a todo el público -no sólo al “militante”, según afirmó- para reflexionar sobre la importancia de que cada quien tenga la libertad de decidir sobre su vida.
En el documental, cuentan su vivencia Ruth Guzmán Dávalos, Gladys Panizzi, Silvia “Ketty” Scheider, Relmu Ñanku, Cecilia “Checha” Merchan, Verónica López y la misma Carolina Reynoso.
-¿Cómo pensó que podría hablarse de aborto en una película?
-Yo no era militante por los derechos de las mujeres, no era feminista. Hasta que me involucré con la problemática del aborto porque me realicé uno. Decidí, a partir de interrumpir un embarazo y de vivirlo con cierto dramatismo, investigar la problemática. Estudiaba cine y tenía que hacer un trabajo práctico documental, entonces elegí este tema. Empezó a configurarse la idea de que las mujeres que abortamos pudiéramos hablar sin ocultar nuestros nombres. De ahí surgió que yo también tenía que estar delante de cámara, porque si tenía que pedirles a otras que lo hicieran no me parecía ético quedarme resguardada.
-¿Por qué cree que quienes hablan de este tema suelen ocultar su identidad?
-Porque hay una mirada muy culpabilizadora sobre las que decidimos abortar, que juzga el hecho de que una mujer no quiera seguir el mandato de ser madre. Se preguntan: “¿Qué cosa más importante puede querer hacer en su vida?”. A lo largo de la película se aborda ese cuestionamiento a las mujeres que no quieren tener hijos. Ahí radica la dificultad de la despenalización del aborto, que tiene que ver con la autonomía de los cuerpos, con romper con los mandatos de la sumisión y de ser más valoradas como madres que como mujeres.
-¿Cuál es la postura del trabajo sobre el rol masculino en esta lucha?
-Cuando entrevistamos a los Varones Antipatriarcales, explicaron que se sienten involucrados porque detrás de todo un embarazo no deseado hay un hombre que es responsable de ese espermatozoide. Consideran que incluso los que no tienen prácticas sexuales con mujeres se tienen que comprometer, porque tanto elegir con quién relacionarse como si se es mamá o no tienen que ver con la autonomía de los cuerpos.
-La posibilidad de ser autónoma es más lejana para las mujeres pobres cuando no pueden pagar por abortar en centros privados ¿Debaten sobre este punto?
-El documental no se centra en ese tema ni en las muertes (NR: el aborto es la principal causa de fallecimiento materno en Argentina) porque queremos abrir el debate en relación a las decisiones que nos son negadas a las mujeres. Pero es cierto que las que tenemos cierto nivel económico podemos ir a una clínica, aunque igual es clandestino y riesgoso.
“Dejar de sentirse criminales”
-¿Cómo dieron con las protagonistas del largometraje?
-El movimiento de mujeres ya trabajaba el tema, lo que nos facilitó los espacios donde poder llegar a estas mujeres. También, para la postal de la película hicimos una convocatoria para las que querían participar sólo en la foto y una de las participantes dijo que, si lo necesitábamos, ella podía contar su experiencia. Algunos casos nos costaron más que otros, donde había necesidad de hablarlo, de dejar de sentirse criminales. Por ejemplo, yo pude resignificar mi aborto a través de la película como una de las primeras decisiones autónomas que tomé respecto de mi cuerpo. En su momento no la pasé muy bien porque no tenía información y sí mucho miedo. Fue un cambio radical en mi vida.
-¿Por qué?
-Porque con el tiempo me empecé a dar cuenta de que éramos un montón las que abortamos. Pensaba que era un grupo reducido y oscuro, y después te das cuenta de que la problemática nos cruza a todos porque lo vivimos o porque acompañamos una mujer querida que se practicó uno. Incluso personas que estaban en contra de legalizarlo tenían su experiencia porque contaban que habían abortado cuando eran muy chicas o que una novia lo había hecho. Eso nos permite pararnos desde otro lugar.
-¿Qué importancia tiene la información en esa “resignificación?
-Es fundamental. Yo la pasé muy mal porque los médicos no me querían contar qué podía sucederme. Tenía miedo de morirme o de quedar estéril. Después también apareció la culpa por la mirada del otro. Preguntaba a algún profesional y me decía que me fuera porque íbamos presos los dos. O me daba información sobre un parto que yo no quería tener. Ahora el aborto con pastillas ayudó que no haya tanto temor, pero tener información es nuestro derecho: más allá de que sea ilegal y que el médico no lo practique, es su obligación contar qué implica. La relación con el paciente es confidencial, no puede mandar a nadie a la cárcel.
-¿Podría decirse que el objetivo del trabajo es ayudar a que otras mujeres tengan menos dudas sobre qué es finalizar un embarazo?
-Buscamos derribar mitos sobre cómo nos relacionamos las mujeres con el aborto y entre nosotras, que nos hermanemos y nos vinculemos de maneras distintas a la que nos enseñó el patriarcado. Siempre nos dicen que somos envidiosas o competitivas, y eso es un mito a romper. Cuando me pongo a pensar en las situaciones más difíciles, siempre estuve acompañada por mujeres. Tiene que ver con poder generar otras miradas entre las mujeres, valorar los conocimientos que compartimos y poder organizarnos. Si bien es cine militante, queremos llegar también a las personas que gustan ver de buenas películas, para ampliar el ámbito de difusión de la lucha por la legalización del aborto. Por eso también le dimos importancia a la forma que porta al contenido, trabajamos ficciones para presentar cada “mito” a derribar y atendimos a la buena fotografía.

Construcción colectiva
Así como dar con las protagonistas fue un trabajo que se logró de boca en boca, aspiran a que su difusión se replique de barrio en barrio. Preparan para dentro de “algunos meses” el estreno “oficial”, que será en un espacio Incaa, y después quieren mostrar la película en centros comunitarios del país que los convoquen a través del perfil de Facebook “Yo aborto. Tú abortas. Todxs callamos”.
“Estas películas de cine militante se completan en el encuentro con la gente, sino se tiene la sensación de que no está terminada”, recalcó Reynoso.

Publicado en Marcha http://www.marcha.org.ar/1/index.php/nacionales/92-generos/3587-las-mujeres-que-abortamos-no-somos-criminales

El 77% de las mujeres agredidas es víctima de su pareja

Por Noelia Leiva
Lo reveló un informe del Ministerio de Salud bonaerense. La estadística corresponde a los casos registrados en hospitales públicos entre 2011 y 2012. La mayoría son jóvenes y sufrieron violencia física. Pero hay otros casos que no llegan a ser registrados: la importancia de dar un acompañamiento interdisciplinario.
Si hay un fenómeno social que es difícil traducir en números es el de la violencia de género. Las personas que la atraviesan no siempre piden ayuda y, si consiguen hacerlo, pueden evitar radican sus denuncias ante organismos formales. Sin embargo, los casos que sí se conocen alcanzan para dimensionar el avance del machismo sobre la vida cotidiana: en los hospitales bonaerenses, casi 900 pacientes se atendieron entre 2011 y 2012 por esa causa, y la mayoría fueron mujeres. En el 77 por ciento de los casos el agresor fue un varón con el que la víctima mantenía una relación sentimental.
Así lo reveló un informe del Ministerio de Salud de la provincia de Buenos Aires que se desprendió de su Programa de Prevención y Atención de la Violencia Familiar y de Género, en el que se demostró que las mujeres de entre 15 y 39 años son las más afectadas por los comportamientos machistas, de los que los golpes, las quemaduras y el abuso sexual son los más visibles. Padres, tíos y abuelos son agresores, pero los novios, concubinos, esposos o ex parejas se apuntan como los principales agentes de la violencia, en el 77 por ciento de las consultas.
Entre 2011 y 2012 se atendieron 895 casos denunciados como daños movidos por motivos de género, según la estadística que repasó los registros de hospitales y centros de salud bonaerense. De ellos, poco más de 8 de cada 10 pacientes eran mujeres, sometidas por hombres de su entorno familiar. “Las jóvenes son las más afectadas. Con este porcentaje, observamos la incidencia de los noviazgos violentos y la mayor vulnerabilidad durante su edad fértil, ya que muchas sufren la violencia en el embarazo o cuando sus hijas o hijos son pequeños”, explicó Lidia Tundidor, coordinadora del programa del que se desprendieron las estadísticas.
Los números ayudan a entender el peligro de que un hombre crea que una muchacha es de su propiedad y que puede poseerla, marcarla, maltratarla o descartarla a su antojo. Sin embargo, hay casos que requieren de ayuda pero son difíciles de detectar: “Nos sucedió en la guardia que venían pacientes con quemaduras de cigarrillo (provocadas intencionalmente) y aseguraban que les había saltado aceite, por ejemplo. Muchas veces se atienden como accidentes domésticos, pero son producto de la violencia de género”, le explicó a LA TERCERA Angélica Barragán, jefa de Enfermería del hospital lomense Luisa Cravenna de Gandulfo.
Así como en la cotidianeidad de un vínculo agresivo es difícil resolver pedir ayuda, también la vorágine de cuadros que los profesionales reciben en las salas de emergencia “sobrepasa” a los profesionales, que -aseguran- no siempre pueden acompañar a la persona en el proceso de contar qué le sucedió y orientarla a pedir ayuda. Pero cuando esa situación se explica, también puede suceder que “van los familiares y desiste de hacer la denuncia”, por temor a que los golpes proliferen o por la promesa de que no volverán a ocurrir.
De estos casos, algunos espacios intentan tener un “sub registro”, ya que no los pueden validar como situaciones generadas por el machismo si no es “la misma paciente la que denuncia”. Por eso, apuestan a prevenir, generar grupos de mujeres que intercambian sus experiencias o articular con servicios de profesionales que pueden acompañarlas hasta hacerse lo suficientemente fuertes para tomar la decisión de alejarse del agresor, que muchas veces es el padre de sus hijos o el único sostén económico de la casa.
“Creemos que hay que trabajar de la manera más descentralizada posible. Nos parece que el hospital es un actor fundamental porque está muy ligado a la comunidad y es donde primero aparece la situación de violencia”, le había señalado a este medio Maite Sandá, directora de Derechos de las Mujeres y Equidad de Género local, cuando comenzaron a intervenir en el Gandulfo para ayudar cada vez que aparecían posibles situaciones de conflictos familiares.
“Creo que hay un avance porque esta clase de comportamientos están más expuestos y cada vez se crean más lugares donde se puede hablar sobre ellos. Antes costaba más que saliera de lo privado, mirábamos para otro lado. Si bien hay falencias en la Justicia o en los mecanismos para protegerlas, se puede intentar buscar un cambio”, entendió, a su turno, la psicopedagoga Cristina Estruch, que se desempeña en el hospital de Adrogué Lucio Meléndez.

Números que cuentan
De los casos denunciados y reunidos en el informe del ministerio bonaerense, 51adolescentes de 15 a 19 años fueron atendidas el año pasado en hospitales por haber sido violentadas por sus novios, en el 39 por ciento de los casos, o por familiares, en el 37. Cuando una chica llega a atenderse y a pedir ayuda, es clave la presencia de profesionales y de un entorno afectivo que la ayude a correrse de esa relación, porque difícilmente con los años se despoje del velo del sufrimiento.
Casi 45 de cada 100 mujeres que pidieron atención médica debieron ser llevadas directamente a la guardia, “es decir, presentaban un alto compromiso de su estado de salud”, señaló Tundidor a través del informe. El análisis también reveló que casi el 73 por ciento de las situaciones denunciadas incluyeron daños físicos, aunque
“toda violencia empieza en el plano psicológico y emocional” por lo que, “cuando se llega al hospital probablemente lleve unos 5 años de estar sometida”, señaló la funcionaria.
Cuando las que consultaban tenían entre 20 y 39 años, las tendencias fueron similares pero resultó más marcada la cantidad de víctimas de sus propias parejas o ex parejas: el 77 por ciento. Además, de cada centenar de consultas, en unas 80 se mezclaban los golpes con el vejamen psicológico, sexual, verbal y económico.
La expresión máxima del alcance del patriarcado son los femicidios, es decir, los asesinatos de mujeres por su condición de género. Según el “Observatorio Adriana Marisel Zambrano” de la Asociación La Casa del Encuentro, en el primer semestre de 2012 se produjeron 119 muertes de adultas y niñas como consecuencia de la violencia machista. Nuevamente, sólo se trata de los nombres que trascendieron en los medios de comunicación, principal base de datos de la ONG.

¿El “machismo” tiene la culpa?
Al margen de la situación penal de cada caso, en la que el agresor debe dar cuenta ante la Justicia de su responsabilidad y cesar en sus agresiones, hay un factor que subyace a cada varón en su individualidad: el patriarcado. Cada vez más nombrado en las declaraciones de mujeres que bregan por la equidad de género, se trata de un sistema cultural sostenido por las redes más profundas de la sociedad: la religión, las normas, la política, la economía, las pautas sociales.
Así como todavía genera odios que “una mujer” sea presidenta o como quien conduce la Iglesia Católica debe ser “un Papa” y no una religiosa, el poder de los hombres sostenido y defendido antaño en las guerras es una constante en las comunidades contemporáneas. En ese marco crecen los niños, a los que muchas veces se les inculca que deben saber “pegarle” a los demás para defenderse, que ser “macho” es no demostrar lo que se siente sino ir y tomarlo.
Ese trazado que se cuela en la escuela y en los medios de comunicación es la base machista de la violencia, porque naturaliza que los hombres, por el simple hecho de serlo, pueden decidir por el futuro de lo que los rodean sin más permisos que su voluntad, así se trate de otras personas. Porque, justamente, “sus” mujeres son de “su” propiedad.
El desafío radica en observar críticamente ese hilado de convenciones y animarse a aprender otra forma de relacionarse con los demás. Es decir, defender la libertad y la equidad, sin que el género al que se pertenece sea un condicionante.

Centros de Consulta

*Dirección de Derechos de las Mujeres y Equidad de Género lomense: Entre Ríos 1060, de lunes a viernes de 9 a 16, en la cabecera distrital. Se puede llamar a los teléfonos 4283-3139/3130/2701/2096/1805 y visitar el sitio w.desarrollosociallz.wordpress.com.
*Hospital Gandulfo, Lomas: Balcarce 351.
*Hospital Meléndez, Adrogué: Gorriti 859. Se puede llamar al 4294-1313o 4294-7196.


Publicado en La Tercera del 4 de Marzo de 2013 http://www.diariolatercera.com.ar/0/vnc/nota.vnc?id=1056